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Elías López-Romero González de la Aleja
Becario Postdoctoral
CNRS UMR6566, Université de Rennes1
elopez@ih.csic.es

Terminado en Rennes, Francia, el 17 de abril de 2006

 

Resumen
A la dificultad de estudio del fenómeno megalítico de tipo “menhir”, se unen en ocasiones referencias a bloques naturales que podrían haber tenido una función determinada (y posiblemente afín a estos primeros) en el seno de las comunidades prehistóricas. El análisis de las relaciones del hombre con la naturaleza a partir del período Neolítico se ha visto minimizado, quizás en exceso, por el concepto de domesticación, con especial referencia a la domesticación del paisaje en el caso del megalitismo, propiciando que la problemática sobre la atribución o no de un carácter cultural a determinados bloques naturales haya quedado al margen del debate en torno al surgimiento y desarrollo de la monumentalidad. En este contexto, una serie de bloques de este tipo ubicados en el área sudoccidental de la Península Ibérica constituye la base para el planteamiento de algunas reflexiones sobre el particular, reflexiones que intentan, en todo momento, no olvidar la cautela con la que una discusión de estas características debe ser llevada a cabo.

 

Abstract
The difficulty in the study of non-funerary megalithic monuments is sometimes increased by the presence of bibliographical references to natural outcrops which might have had a particular significance to the prehistoric communities. The analysis of the relationship between human communities and Nature during the Neolithic period has been conditioned by the extensive application of the concept of “domestication” (“domestication of the landscape” in the case of the megalithic monuments), thus contributing to the absence of the natural element as an important part in the debate of the beginnings and development of monumentality. In this context, a series of boulders of this kind located in the SW of the Iberian Peninsula are used as the basis for some reflections on these aspects, the possibility of their use in Prehistory being reviewed.

 

 

I. Introducción

El estudio del megalitismo no funerario en la Península Ibérica, muy especialmente en el ámbito español, ha sido tradicionalmente tratado de forma secundaria en pro del análisis y valoración de las manifestaciones más típicamente funerarias de dicho fenómeno.
Al contrario de lo que sucede en el caso de los monumentos tipo dolmen, las excavaciones (escasas) realizadas en menhires, alineamientos y crómlechs no han proporcionado por lo general datos que pudieran considerarse de interés material. Esta falta de información y de estudios específicos ha generado entre algunos investigadores un clima de escepticismo, en parte comprensible, en torno a este tipo de manifestaciones. A dicha problemática hay que añadir la referencia casi constante en la bibliografía a bloques naturales citados como posibles “menhires”. La respuesta más generalizada ante estas informaciones es la desechar – eso sí, de forma más o menos velada – estas referencias, que son vistas a menudo como el mero fruto de un deseo por identificar nuevos yacimientos; la otra, poco explotada en nuestro país, es la de intentar valorar las posibilidades de que ciertos elementos naturales (en este caso un determinado elenco de afloramientos) hayan podido tener una significación particular en algunos momentos del desarrollo histórico de las sociedades humanas. En la base del rechazo del papel cultural atribuido a estos bloques para el período Neolítico, la idea de la ruptura con la naturaleza tras el Mesolítico, fundamentado en este caso por una posible “domesticación” del paisaje, ha tenido, sin duda, un peso importante.
Lo que se ofrece en las siguientes líneas es tan sólo una exposición de la evidencia publicada de algunos de estos bloques en el marco del suroeste de la Península Ibérica (Figura 1), seguida de algunas reflexiones. En ningún momento se pretende dar cobertura total a la idea de que un determinado bloque haya tenido un significado particular en el contexto del megalitismo ibérico, pero sí se intenta determinar si pueden o no existir indicios de que esto haya sido así. La simple confirmación de esta premisa debería bastar para relanzar el debate en torno a unas expresiones que, por el mero hecho de ser susceptibles de formar parte del bagaje sociocultural de un pueblo, merecen ser estudiadas al mismo nivel y con la misma intensidad que aquellas que nos resultan, a priori, más fácilmente comprensibles. La problemática de la significación, uso e implicaciones de estos bloques no puede ser completamente aprehendida a través de un análisis meramente puntual, siendo una perspectiva diacrónica la más idónea para explicar la posible pervivencia de estos hitos ocupando un lugar importante del contexto geográfico y cultural de las sociedades humanas. Sólo un análisis en esta línea podrá llevarnos en un futuro a aceptar o refutar, según el caso, el carácter arqueológico de estos elementos.

Figura 1. Localización de los sitios citados en el texto, por orden alfabético según aparecen en las distintas publicaciones: 1. Barreira (Mafra); 2. Lagarto (Valencia del Ventoso); 3. Menhir de Santa Margarida (Reguengos de Monsaraz); 4. Menhir dos Sete (Monforte); 5. Pedra Alçada (Redondo); 6. Penedo Gordo (Reguengos de Monsaraz); 7. Penedo Gordo (Silves); 8. Pombais (Marvão); 9. Porra del Burro (Valencia de Alcántara); 10. Rocha dos Namorados (Reguengos de Monsaraz).

 

II. Los Bloques Naturales del Suroeste de la Peninsula Ibérica

Cuando en 1983 Gonzalo Muñoz Carballo publica en el Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología sus “Menhires de Valencia de Alcántara” se pone de manifiesto de manera especial la preocupación por identificar en la Extremadura española los monumentos megalíticos de tipo no funerario del estilo de los ejemplares que iban siendo conocidos, de forma cada vez más numerosa, al otro lado de la frontera con Portugal. Hoy, veinte años después, las noticias entonces señaladas por G. Muñoz continúan siendo las únicas referencias conocidas de este fenómeno para la vertiente española de la cuenca del río Sever. El hecho de que los datos de este autor hiciesen referencia a bloques eminentemente naturales (Porra del Burro), por un lado, y a un conjunto de monolitos de cronología controvertida (Valle de San Benito), por otro, no ha facilitado la aceptación del análisis del fenómeno “menhírico” en la región; sin embargo, una mirada al contexto del Suroeste peninsular nos permite cerciorarnos de que existe una serie no despreciable de referencias sobre bloques naturales con una hipotética vinculación al fenómeno megalítico. Dichas referencias han sido publicadas de forma dispersa e inconexa, y ningún intento de discusión o valoración global ha sido planteado hasta la fecha.
Son varios los autores que, de una forma u otra, aceptan el papel jugado en la Prehistoria por bloques naturales de una determinada morfología; la historiografía portuguesa ha acuñado en ocasiones el término menhires naturales para designar a este tipo de elementos (Gomes, 1994: 318), si bien es una denominación que, por presuponer una serie de atributos al bloque, creemos que conviene evitar.
En el caso de la región objeto de estudio, una de las primeras referencias a elementos de estas características se debe a Francisco Xavier d’Athaide Oliveira, quien en 1905 hace alusión al bloque de Penedo Gordo en Silves (Algarve, Portugal; citado en Gomes, 1997: 158). Es en la década de los años 70 del siglo XX en la que las noticias sobre monumentos megalíticos de tipo menhir se generalizan en Portugal, incluyendo en muchas ocasiones afloramientos de morfología y función supuestamente afines a éstos (Gonçalves, 1970; Jorge, 1977; Vicente y Martins, 1979; Monteiro y Gomes, 1979). Más recientemente, cabe a J. de Oliveira (1998; 1999-2000) el haber señalado afloramientos de este tipo al otro lado de la frontera con Valencia de Alcántara (Cáceres) donde G. Muñoz, como ya ha quedado dicho, publicó los bloques de la Porra del Burro.
Lo que se expone a continuación es una lista a modo de pequeño catálogo que tan sólo pretende servir de punto de partida para la comprensión y discusión de algunos de los aspectos relacionados con estos afloramientos (Figura 2). No se trata, en ningún caso, de un inventario exhaustivo y sistemático, algo que requeriría una importante labor de recopilación bibliográfica y un trabajo de campo que no estamos en condiciones de realizar por el momento.

Figura 2. Morfología de algunos de los bloques naturales del suroeste de la Península Ibérica.


- Barreira (Mafra, Estremadura): A.C. Sousa habla de un bloque natural cuya parte superior pudo haber sido retocada (Sousa, 1998: 149-150); en esta misma zona existen indicios de un hábitat entre los afloramientos rocosos, en un conjunto que se enmarca en un contexto natural del que resulta difícil desligar lo realizado por la mano del hombre de lo geológico (ídem: 150).
- Lagarto (Valencia del Ventoso, Badajoz): bloque natural próximo al río Ardila de unos 210 cm. de altura y que presenta un gran número de cazoletas en una de sus caras según la nota publicada (Peral Pacheco et alii, 2002: 242). El criterio de denominación del bloque por parte de sus descubridores no deja de ser sorprendente, siendo bastante más apropiada para su correcta identificación y estudio, a nuestro entender, una denominación toponímica en función de los terrenos en los cuales se encuentra situado (zona próxima al Cortijo del Torno).
- Menhir de Santa Margarida (Reguengos de Monsaraz, Alentejo): se trata posiblemente del único bloque natural cuyo carácter cultural ha sido reconocido al haber sido declarado inmueble de interés público por el Estado Portugués (Decreto n.º 26-A/92 DR 126). El bloque granítico, de unos tres metros de altura, se considera perfectamente integrado en el complejo megalítico de Reguengos, y presenta un “báculo” grabado en su cara sur y unas 25 cazoletas repartidas entre las caras norte y oeste.
- Menhir dos Sete (Monforte, Alto Alentejo): afloramiento de unos tres metros de altura rodeado por posibles menhires de menor tamaño que según su descubridor (Oliveira, 1999-2000: 155) formarían un posible recinto; este bloque estaría integrado en un conjunto megalítico más general y en sus inmediaciones parecen documentarse cerámicas a mano (ídem: ibídem).
- Pedra Alçada (Redondo, Alentejo); afloramiento natural de cerca de 10 m. posteriormente cristianizado (Gonçalves, 1970: 156).
- Penedo Gordo (Reguengos de Monsaraz, Alentejo): se trataría de un bloque de unos 6 metros de altura ya desaparecido que se encontraría cerca del anta de Carapetal; aparece citado como un bilito (Gonçalves, op. cit.: 160-161), con la parte superior más ancha que la base, al igual que la Rocha dos Namorados; el posible monumento habría sido destruido con anterioridad a su publicación por Pires Gonçalves, quien se limita a recoger las informaciones orales sobre el bloque y los ritos de fertilidad a él asociados.
- Penedo Gordo (Silves, Algarve): bloque de 3.74 m de altura señalado ya en 1905 por F.X. d’Athaide Oliveira (Gomes, 1994: 158).
- Pombais (Marvão, Alto Alentejo; Figura 3): bloque de aspecto fálico ubicado en el lugar más alto del afloramiento del monte homónimo; según J. de Oliveira (op. cit.: 152-153), la forma inicial del bloque podría haber sido intencionalmente acentuada. En el entorno inmediato al bloque se documentan cerámicas a mano que podrían evidenciar la existencia de un hábitat de época calcolítica (Oliveira, 2000: 113). La zona es una de las de mayor concentración de monumentos megalíticos de la cuenca hidrográfica del Sever, y buena parte de los mismos se encuentran en un radio de unos 3 km. de distancia del Monte dos Pombais.

Figura 3. “Menhir” de Pombais (Marvao, Alto Alentejo, Portugal)


- Porra del Burro (Valencia de Alcántara, Cáceres): en su artículo de 1983 Gonzalo Muñoz Carballo indica la existencia de tres menhires en una de las fincas del término municipal de Valencia de Alcántara; según él, se trata de afloramientos naturales posiblemente retallados por la mano del hombre, si bien este extremo era rechazado posteriormente por J. de Oliveira (1998: 237). El bloque 1 es objeto de un rito propiciatorio muy similar al observado para la Rocha dos Namorados (v. infra); las alusiones de los diversos autores a los “menhires” 2 y 3 siempre se limitan en la bibliografía posterior a una breve referencia que señala el carácter natural evidente de los mismos, rechazando su condición antrópica, sin la presencia de descripciones o fotografías que pudiesen corroborarlo y dar idea de su actual estado. Aparte del referido inicialmente como “Menhir 1”, pudimos observar en una salida de trabajo de campo que el “Menhir 2” (Figura 4) se hallaba localizado cerca de la casa de campo ubicada en la propiedad y que, efectivamente, no presenta signos evidentes de acción antrópica alguna; pese a la búsqueda por las inmediaciones en sucesivas visitas no pudimos localizar el tercer bloque publicado, hasta que en marzo de 2002, desde el camino que lleva a los restos del dolmen de El Caballo (situado a escasos metros del bloque en dirección oeste), observamos que la morfología del “Menhir 1” visto con una orientación de 125º respecto al norte magnético tenía un aspecto totalmente diferente, y coincidía exactamente con la fotografía y descripción del artículo citado para el bloque 3 (Figura 5); el texto de la publicación no ofrece lugar a dudas (salvo por la indicación de la distancia respecto al bloque 1), resultando además extraño por lo escueto de la descripción si lo comparamos con la de los “menhires” 1 y 2. El fallecimiento de Muñoz Carballo nos impide saber más detalles sobre este particular. En cualquier caso, con el posible descarte del “Menhir 2” como bloque retocado o utilizado, y con la identificación del “Menhir 3” con una de las caras del “Menhir 1”, la situación del conjunto de la Porra del Burro se muestra algo mejor definida.

Figura 4. “Menhir” 2 de la Porra del Burro.

Figura 5. El “Menhir” 1 de la Porra del Burro desde dos perspectivas; compárese la imagen principal con la “foto 7” del artículo de G. Muñoz (1983).


- Rocha dos Namorados (Reguengos de Monsaraz, Alentejo): conocido desde antiguo por los ritos del matrimonio a él asociados, presenta signos de cristianización en la parte posterior que han sido definidos como de época barroca (Gomes, 1979: 391). La presencia de cazoletas en una de las caras del bloque (Gonçalves, op. cit.: 161) no sería, según algunos autores (M. Calado, com. pers.), más que el fruto de la acción erosiva natural sobre la roca. Las tradiciones de época histórica que se refieren a este afloramiento están sin embargo bien documentadas, habiéndose convertido en un paso de las procesiones entre la ermita de Nossa Senhora do Rosário do Corval y la Aldeia do Mato, nombre de San Pedro do Corval hasta 1948.

La problemática de la posible existencia e identificación de bloques naturales en el ámbito del fenómeno megalítico no se limita, a pesar del desconocimiento que de ello tengamos, al marco geográfico de la Península Ibérica. Las reflexiones sobre este particular suelen recalcar la dificultad para discriminar lo antrópico de lo natural en algunos conjuntos (Boujot, 2003; Bradley, 1998), al modo de lo que ya hemos visto para el caso portugués de Barreira; dicha incertidumbre se ve acrecentada en no pocos casos por el empleo de bloques del propio substrato sin ningún tipo de acondicionamiento en la construcción de algunos monumentos, algo que resulta especialmente significativo en determinadas áreas de la fachada atlántica francesa (Boujot, op. cit.: 94; Sellier, 1991, 1995). El mimetismo con el medio del que parecen querer revestirse algunos monumentos megalíticos ha generado en el Reino Unido un interesante debate sobre las formaciones graníticas (tors) del suroeste inglés; para C. Tilley (1996), las formaciones rocosas de la región de Bodmin Moor podrían haber sido dotadas de un significado particular ya desde época mesolítica, habiendo influenciado posteriormente la construcción material de los monumentos megalíticos: “The Tors where, in effect, non-domesticated ‘megaliths’ or stone monuments, sculptured by the elements and imbued with cultural significance [...]” (ídem: 166), una idea que ha sido muy bien expresada por F. Criado para la historiografía peninsular (Criado, 1993: 47-48). La interpretación de Tilley presenta el interés añadido de analizar diacrónicamente las evidencias de las interacciones con dichas formaciones naturales, lo que le permite perfilar, aunque sólo sea de manera sucinta, la evolución del trasfondo social en relación al elemento natural dentro del área de estudio. Para R. Bradley (1998, 2002), el argumento puede ser otro si entendemos que en la mentalidad de determinadas sociedades estos bloques podrían haber sido tomados por error como vestigios en ruinas de monumentos anteriores, siendo, pues, la “continuidad” en la “ocupación” del lugar vista como un modo de legitimación a través de los antepasados (1998: 19-20). Parece justo pensar, no obstante, que estas dos interpretaciones no son totalmente excluyentes, ya que la idea subyacente es la de la existencia de una serie de connotaciones de índole sobrenatural que son utilizadas muy posiblemente – tal y como se desprende de la lectura de ambas propuestas – para ejercer un poder fáctico en el seno de determinadas comunidades humanas.
Desde otra perspectiva, un artículo de reciente aparición (Large, 2002) hace referencia a la integración de un afloramiento granítico en un alineamiento de época neolítica en la isla bretona de Höedic; los bloques que componen el alineamiento de Paluden – de unos 110 m de longitud total – presentan en un primer tramo (11 monolitos) una orientación norte-sur, viéndose esta tendencia ligeramente modificada al contacto con el bloque natural (ídem: 27-32). La antigüedad del alineamiento se ve no sólo refrendada por la existencia de otros monumentos megalíticos afines en los alrededores, sino también por la identificación junto al afloramiento de un área de actividad con restos de moluscos. De este modo, el bloque natural no sólo se presenta como un elemento singular dentro del conjunto megalítico sino que se constituye como la parte determinante de la configuración final de la estructura.
En otros casos, y tal y como ocurre con la mayor parte de los sitios del suroeste peninsular aquí citados, la ausencia de evidencias inequívocas de la acción humana en épocas pretéritas hace que esta identificación sea, cuando menos, objeto de crítica y debate. En la región de Weris (Bélgica), la Pierre Haïna – afloramiento de pudinga – presenta ciertas características que son igualmente comunes a algunos de los ejemplares ibéricos, a saber, existencia de ritos asociados, conversión de uno u otro modo a la dinámica del cristianismo, y ubicación en el seno de conjuntos megalíticos de cierta entidad. (Hubert, 2000; Musée de Weris, 1991); en lo que respecta a este último punto, el bloque se sitúa en una zona elevada que domina todo el conjunto de monumentos situados en la zona del valle, y se ha señalado su posible relación con la “galería cubierta norte”, “galería cubierta sur” y algunos menhires, en términos de visibilidad y orientación respecto a los episodios equinocciales.
Volviendo a la Península Ibérica, existe también lo que parecen ser relaciones directas entre el megalitismo funerario y determinados bloques naturales. En el caso de la cuenca del río Sever (que ha sido objeto recientemente de nuestro trabajo de Tesis doctoral, López-Romero, 2005), una serie importante de monumentos destacan por su particular relación con afloramientos graníticos; este tipo de yacimientos parecen responder a estrategias de localización que tienden claramente a la ocultación del monumento (López-Romero y Walid, 2005), lo que contrasta enormemente con la tradicional referencia a la voluntad de visibilización de los mismos en el paisaje. Monumentos como Huerta de las Monjas, Changarrilla, Zafra I o Zafra IV (todos ellos en el término municipal de Valencia de Alcántara, Cáceres, España) se encuentran literalmente cerrados en su entorno inmediato por bloques y afloramientos graníticos que en ocasiones se encuentran a escasos metros de los dólmenes (Figuras 6 y 7); esta proximidad parece incluso plantear problemas estructurales para la construcción de algunos túmulos (como en el caso de Zafra IV), que o bien debieron adosarse a las formaciones graníticas o bien adoptar estrategias constructivas adaptadas a las necesidades del entorno (como podría ser la implantación de túmulos bajos que no cubriesen totalmente en altura a los ortostatos). La mayor parte de estos sitios definidos como “ocultos” presentan un solo eje de visibilidad que suele además corresponderse con una orientación Norte-Sur; es digno de mención el hecho de que en tres de los cuatro monumentos referidos el eje de visibilidad se dirige, de forma muy clara, a elevaciones destacadas en el paisaje (Figura 7). La vinculación entre monumentos y afloramientos puede adoptar otras formas, como a través de la orientación del corredor de algunos monumentos a afloramientos próximos, de lo cual el dolmen de Zafra II en Valencia de Alcántara puede ser un ejemplo paradigmático (Figura 8).
Esta relación no parece en absoluto exclusiva de la cuenca del Sever, y nos habla una vez más de la amplia relación entre megalitismo y elementos naturales en la línea de lo considerado para el caso de la vertiente no funeraria del fenómeno.

Figura 6. Ubicación en una depresión rodeada de afloramientos graníticos del dolmen de Zafra IV.

Figura 7. Ubicación en una depresión rodeada de afloramientos graníticos del dolmen de Zafra I.

Figura 8. Orientación del corredor del monumento de Zafra II, perfectamente alineado con el extremo superior de un afloramiento próximo.

 

III. El Análisis del Elemento Natural en las Sociedades Humanas: Hacia una Interpretacion Contextual

El valor de lo natural entre las sociedades humanas preindustriales ha marcado de forma recurrente las relaciones del hombre con el medio, condicionando también de forma inequívoca las relaciones sociales dentro y fuera del grupo; sólo una sociedad como la actual, al menos en el ámbito occidental, ha podido finalmente artificializar estos dos tipos de relaciones, haciendo de lo natural un mero objeto de aprovechamiento potencial en términos estrictamente materiales y económicos. Ni siquiera el poder y la vocación universalista de la Iglesia habían podido subvertir completamente la existencia de creencias y ritos paganos relacionados con diversos hitos y elementos naturales que, en contados casos, han llegado incluso hasta hoy (Figura 9); con el ocaso político y militar de las instituciones romanas en el s. V d.C., el cristianismo se muestra a la vez como legítimo sucesor de la grandeza del Imperio y como fuente ideológica efectiva para la integración y consolidación de las nuevas fórmulas sociales y jurídicas de origen centroeuropeo.

Figura 9. Un ejemplo actual de la pervivencia del culto a la naturaleza enmascarado por un proceso cristianización: talla de madera de un antropomorfo alado con ofrendas de plumas y helechos en un bosque próximo a la localidad de Saint-Girons (sur de Francia); el camino en el que se encuentra conduce a un risco, también cristianizado por medio de una gran cruz de madera, desde el que se contempla todo el valle.

Sin embargo, en muchos lugares persistían puntos que eran objeto de singular veneración por parte de la tradición pagana; en el Concilio de Tours del año 567 la Iglesia intenta suprimir el culto a los árboles, fuentes y piedras, prohibiendo la entrada a las iglesias a toda persona que las adorase, algo que resultó poco efectivo ya que en el año 789, bajo el reinado de Carlomagno, se reitera dicha prohibición en idénticos términos. El culto a este tipo de elementos está bien atestiguado en la Península Ibérica (Blázquez, 1991: 62-63), y las autoridades eclesiásticas muestran una preocupación especial por los ritos en torno a los bosques y a las aguas como se deduce, para el noroeste, de la obra de S. Martín Dumiense (s. VI d. C.), así como de los concilios visigodos,
Porque encender velas junto a las piedras y a los árboles y a las fuentes y en las encrucijadas, ¿qué otra cosa es sino culto al diablo? Observar la adivinación y los agüeros, así como los días de los ídolos, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo? (Dumiense, De correctione rusticorum, en Gil y Corleto, 2003).
Entre los dos episodios conciliares citados de 567 y 789 d. C., y de forma más extrema si cabe, el Concilio de Nantes de 658 había ordenado la caída y enterramiento de este tipo de bloques en fosas lo suficientemente profundas para que no pudiesen volver a ser encontrados y venerados. Es en todo este contexto de reacción ante el paganismo en el que debe entenderse la cristianización – plasmada fundamentalmente en la colocación de enormes crucifijos – de gran número de afloramientos y menhires en diversas áreas ricas en monumentos megalíticos, siendo quizás Francia el ejemplo más destacado (regiones de Yonne, Côtes-du-Nord, Finistère, Morbihan, Puy-de-Dôme, Saône-et-Loire, etc), si bien se conocen también ejemplos en el suroeste ibérico (Gomes, 1994: fig. 1). Este fenómeno se repite en el caso de los monumentos de tipo funerario, produciéndose en ocasiones la integración del monumento en la propia estructura de las edificaciones eclesiásticas (Oliveira et alii, 1997).
En lo que respecta a la Prehistoria Reciente, la visión tradicional sobre el origen del Neolítico ha condicionado de forma sustancial el concepto que de lo natural se tiene en nuestra disciplina. La crítica dura, pero a mi entender acertada, de A. Hernando proporciona los elementos de juicio necesarios para tomar parte en el debate entre difusionistas tradicionales (modelo dual) y autoctonistas en relación con esta problemática
Seguimos – al menos implícitamente – oponiendo “lo civilizado” a “lo salvaje” – término culpable donde los haya – , y asociando lo primero a orden y razón, control social y espiritual, “educación” y “conocimientos”, y lo segundo a agresividad y desorden, superstición e ignorancia...; y esto último a los cazadores-recolectores, luego lo primero a todas las sociedades agrícolas. (Hernando, 1999: 60)
En efecto, el concepto de la domesticación ha sido trasladado a todos los ámbitos del Neolítico, desde lo más puramente económico hasta lo social, pasando evidentemente por lo ritual. En el análisis de etapas cronológicas posteriores (Edad del Bronce, Edad del Hierro) parece observarse una cierta vuelta a la consideración de la importancia de actividades cultuales relacionadas, por ejemplo, con el agua o con determinados elementos orográficos; el hecho de que no se den las mismas reflexiones en los estudios sobre el Neolítico puede deberse, al menos en parte, a la dinámica por recalcar el hecho diferencial respecto a las sociedades del Mesolítico. Frente a esta tendencia, podemos decir junto con R. Bradley (2000: 147) que The creation of monuments did not reduced the significance attached to natural places in the landscape, though it was gradually transformed. Por otro lado, hay que tener siempre presente que la verdadera incidencia y las características de la primera agricultura en buena parte de la Europa occidental durante el Neolítico está aún por definir de forma concluyente (Vicent, 1991a: 34-35; Calado, M., 2001: 55-56; Zapata y Peña Chocarro, en prensa).
Las posibilidades de la identificación de la faceta cultural asociada a este tipo de elementos pasa por la consideración de una serie de indicadores no siempre evidentes (Figura 10).

Figura 10. Algunas de las posibles modalidades de la relación entre las comunidades humanas y los bloques y afloramientos naturales.

Sin embargo, como ya hemos visto de forma sucinta, algunos ejemplares como Santa Margarida parecen traslucir de forma inequívoca esta relación. En el resto de casos, la existencia de cazoletas de dudoso origen antrópico o la pervivencia de ritos de fertilidad asociados a los bloques no son en ningún caso garantía del empleo de los mismos en épocas pretéritas, principio que parece corroborado si atendemos a algunos estudios sobre la modificación y duración de la tradición oral (Bradley, 2002: 8 y 14); por otro lado, es interesante subrayar que estamos siempre ante ejemplos de “construcciones” que tienen mucho más de ideológico que de material. Ante esta problemática, creemos que una perspectiva global que tenga en consideración todos los posibles índices de actividad es la más apropiada, perspectiva que ha de tener como eje fundamental el análisis locacional de los bloques en relación con el medio y con el contexto arqueológico que les rodea (Vicent, 1991b: 47-52); esta misma perspectiva aún no ha sido abordada de forma satisfactoria ni tan siquiera para el estudio del megalitismo no funerario propiamente dicho, fenómeno que continúa siendo dejado de lado – sorprendentemente – en estudios generales sobre poblamiento y megalitismo, ya sea por mero desinterés, ya por presuponérsele de forma completamente apriorística una función bien definida sin excesiva relevancia para la comprensión de las sociedades responsables de su construcción (c.f. Gonçalves y Sousa, 2000: 14).
En el área del suroeste peninsular dos son las zonas que mejor se prestan a una aproximación de este tipo: la región de la cuenca hidrográfica del Sever y el área de Reguengos de Monsaraz. La proximidad a determinados recursos, la integración en conjuntos megalíticos o habitacionales, la lógica locacional en consonancia con el resto de manifestaciones del registro arqueológico de la época analizada, son factores que pueden haber influenciado la atribución de significados especiales a ciertos bloques o afloramientos. En este sentido, y para evitar que algunos caigan en un escepticismo acrítico, hay que plantearse que si el fenómeno megalítico se caracteriza, entre otras muchas cosas, por transmitir una evidente voluntad de ubicación, en el caso de los bloques y afloramientos naturales, en los que asistimos a un determinismo geológico evidente, es lícito pensar que exista esa misma capacidad de decisión en términos de discriminación de unos bloques sobre otros por la utilidad de su localización. Dicho en otros términos, y como hipótesis de partida del análisis locacional, no cualquier bloque habría sido susceptible de ser utilizado, teniendo además presente que los parámetros de esta actitud podrían cambiar, evidentemente, en función de las sociedades que pueblan un mismo territorio a lo largo del tiempo.
En el caso de la cuenca del Sever, la aproximación de J. de Oliveira responde en parte a esta idea, argumentando el empleo de los bloques de Pombais y Porra del Burro en el contexto general del megalitismo de la zona a través de una posible alineación de monolitos sobre el límite de contacto geológico entre los granitos y las pizarras; con una perspectiva diferente, alejada del determinismo económico de la visión de Oliveira y más centrada en un análisis global del territorio, nosotros mismos hemos ya adelantado una interpretación de conjunto para estos mismos bloques teniendo siempre presente un enfoque diacrónico (López-Romero, 2005, en prensa, e inédito). Aunque no es quizás éste el lugar para entrar a desarrollar en detalle estos aspectos, baste decir que tanto Pombais como Porra del Burro en el Sever, como Santa Margarida y posiblemente Rocha dos Namorados en el área de Reguengos, y el bloque del Cortijo del Torno (Lagarto) en el valle del Ardila, muestran coherencia dentro de los conjuntos megalíticos en los que se encuentran integrados, en términos de altitud, pendiente, orientación de la pendiente, visibilidad, uso del suelo, distancia a recursos fluviales (ríos, arroyos y manantiales) y relación con monumentos megalíticos no funerarios; esto ha sido tan sólo realizado de forma sucinta (López-Romero, op. cit.) con un conjunto limitado de datos integrados en un Sistema de Información Geográfica (SIG), y un estudio mucho más detallado será necesario para una mejor comprensión del fenómeno. Uno de los resultados más interesantes radica en la constatación de la relación entre bloques naturales y líneas divisorias de aguas, lo que constituye una constante esencial dentro del conjunto de datos estudiado para el Neolítico – Calcolítico (Fairen et alii, en prensa; López-Romero, 2005: 411-419). Se trata, en cualquier caso, de un primer intento por comprender el papel de ciertos bloques en el paisaje y su proyección cultural a lo largo del tiempo.

 

IV. Conclusiones

El fenómeno megalítico puede definirse como el primer proceso que conduce a la modificación a gran escala del paisaje natural; este hecho ha llevado tradicionalmente a considerar que se trataba de un proceso ligado exclusivamente a sociedades productoras más o menos afianzadas. Sin embargo, la humanización del paisaje ha podido estar precedida, sucedida, o acompañada de una monumentalización de componente ideológico en la que tendría cabida la integración de determinados bloques o hitos naturales. La consideración del papel del elemento natural en el megalitismo ha quedado generalmente relegada a un segundo plano por la importancia dada al elemento productivo frente a las economías de caza-recolección dentro de un contexto social interpretado como plenamente neolítico. Es cierto que el surgimiento del monumentalismo implica una cierta “desnaturalización” del medio físico, pero por muy fuerte que sea esta tendencia nunca se llegará a la construcción de un mundo completamente humanizado, artificial, al que en ocasiones parece que se quiere hacer referencia; antes al contrario, creemos que el elemento natural es decisivo para la comprensión de las sociedades constructoras de megalitos como parecen demostrarlo, entre otros, la lectura topológica de los contextos menhíricos y dolménicos, la recurrente asociación a los recursos hidrográficos o la tendencia a la orientación hacia determinados puntos del horizonte. El proceso de “desnaturalización” al que acabamos de hacer referencia puede comprenderse mejor teniendo también presente la perspectiva historiográfica de la construcción del concepto de Neolítico como paradigma de lo ‘civilizado’ (producción, innovación, desarrollo,...) frente a lo ‘salvaje’ (dependencia del medio, nomadismo acusado, incapacidad constructiva...) representado por las sociedades de cazadores-recolectores. Lo prejuicioso de la mayoría de estas afirmaciones queda en entredicho a raíz, precisamente, de las nuevas interpretaciones sobre el contexto social en el que surge el fenómeno megalítico (Whittle, 2000; Cassen y Vaquero, 2003; Calado, M., 2002; Calado, D., inédito), interpretaciones que permiten además devolver al megalitismo no funerario su importancia en el seno de las sociedades humanas de la Prehistoria Reciente. Este hecho nos pone en relación directa con la cuestión del origen de la neolitización y el contexto social en el que ésta se desarrolla, siendo la componente ideológica una de las claves de la progresiva transformación de los modos de vida durante el período Neolítico y Calcolítico. La problemática del posible culto o valor otorgado a los elementos naturales en la Prehistoria ha sido generalmente debatida por autores próximos al post-procesualismo; desde una perspectiva más social, y a diferencia de los monumentos físicamente construidos, debe pensarse que la apropiación de los beneficios de explotación de estos bloques habría de ser meramente ideológica, puesto que, salvo en casos en que un esfuerzo adicional hubiese sido requerido – talla, grabados, etc. – su “construcción” no derivaría de un trabajo real por parte de la comunidad. Esta reflexión podría resultar igualmente válida para el caso de los monumentos de tipo funerario los cuales, además, habrían podido conjugar ambas fuentes (trabajo y rito) en la búsqueda de dicha dicotomía entre la cohesión y la explotación social.
Desde un posicionamiento diacrónico, es innegable el papel jugado por algunos bloques como Rocha dos Namorados en algún momento de la Historia reciente (Edad Media y Edad Moderna), incluso con pervivencias en los momentos actuales, algo que puede haberse repetido de forma intermitente en un proceso de adopción-pérdida-adopción de la significación de diferentes lugares y monumentos con el paso del tiempo y las “modas” sociales (Bradley, 2002: 85-89).
Existen indicios que van más allá de la simple especulación para pensar que algunos afloramientos naturales del suroeste de la Península Ibérica han podido ser dotados de un significado especial en un momento más o menos coetáneo a la construcción de los monumentos megalíticos. El simple hecho de que se dé esta posibilidad hace que sea necesario el estudio de estas hipotéticas manifestaciones, siendo la perspectiva del análisis locacional la que mejor puede responder en un futuro inmediato a la problemática de la contextualización de estos bloques.

 

Agradecimientos

Agradecemos a M. Calado (Universidade de Lisboa) sus enriquecedoras conversaciones y sus informaciones sobre aspectos del megalitismo alentejano, así como el habernos invitado a participar en el I Colóquio Internacional sobre megalitismo e Arte rupestre na Europa Atlântica, celebrado en Évora en enero de 2003 donde pudimos discutir algunos de los temas aquí tratados. J. de Oliveira (Universidade de Évora), C. Boujot y J.-M. Large (Collaborateur UMR6566), y P. Neuville-Ghislain (Musée de Weris, Bélgica) nos han enviado algunos de sus respectivos trabajos y se han mostrado en todo momento muy interesados en nuestras investigaciones. A la AEAA, y muy especialmente a S. Rovira, debemos el haber podido participar en el volumen de homenaje a Gonzalo Muñoz; a él también, como inspirador de este artículo, vaya nuestro más sincero reconocimiento y recuerdo.

 

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